El Castillo de Santa Bárbara, se encuentra situada en el casco antiguo, dividiendo prácticamente en dos a la ciudad de Alicante, capital provincial de la Comunidad Valenciana.
La
llamada “Clau del Regne” (Llave del Reino) por los feudales
(Hinojosa Montalvo, 1990), se yergue sobre la mole del monte
Benacantil, dominando la ciudad de Alicante, a modo de corona
artillada (Azuar Ruiz, 1998), una de las fortalezas principales del
Reino de Valencia y enclave principal para la defensa del territorio
durante la época medieval y moderna. Inconquistable, orgullosa sobre
el perfil griego esculpido caprichosamente por el viento y el agua,
denominada popularmente como “Cara del Moro”, se encuentran los
restos de la fortificación alicantina también llamada Castillo de
Santa Bárbara, que tiene origen islámico (Azuar Ruiz, 1995). Desde
este recinto, descendía la muralla hasta conectar con el recinto
amurallado de la medina al-Qant, que en época islámica se limitaba
a lo que conocemos como Vila Vella, definida por el reciente hallazgo
de los restos de la Puerta Ferrisa (Rosser, Borrego, Fuentes, 2012).
Su
origen debemos buscarlo en el año 917, con el asentamiento de los
Banu al-Sayh, descendientes de Muhammadb ben Abd al-Rahman al-Sayj
al-Aslami, que se alzó contra el Califato de Córdoba en las zonas
de Valencia y Tudmir, al negarse a participar en la expedición a
Pamplona del año 924, dirigida entonces por el emir Abd al-Rahman
II. La sumisión de los Banu al-Sayh se zanjó temporalmente con la
obligación de establecerse y fortificar el castillo de Alicante, si
bien volvieron a rebelarse siendo definitivamente sometidos en el
año 928 (Azuar Ruiz, 1992; Guichard, 2007). Así lo confirman los
hallazgos realizados en el Macho o Torre del Homenaje del castillo en
el año 1.987, en los que se encontraron cerámicas que podemos datar
entre la segunda mitad del siglo X y la primera mitad del siglo XI
(Rosser, 1992).
La
primera configuración nítida que tenemos de la alcazaba procede de
época almorávide, cuando se define un espacio formado por un
posible “al-kasar”, situado en el macho actual, y un gran recinto
amurallado muy espacioso, conocido como el Albacar Vell (Rosser,
2012). A este espacio se accedía desde la ciudad por el norte, a
través de la Puerta del Cencerro que permitía dirigirse desde el
antemural hasta una puerta con corredor en la Torre de la Batalla,
ubicada en el extremo noreste del albacar, acceso que se utilizaba
para entrar y salir de este gran espacio vacío dotado únicamente
con un aljibe ubicado en su extremo sureste (Rosser, 2012). Con la
llegada del poder almohade, parece que el espacio del albacar se
divide en dos, con un nuevo muro de tapial, generando lo que
conocemos como Albacar d´Enmig, al que se accede por una doble
puerta con corredor entre la Torre de Través y la Torre de Sant
Jordi, al estilo de otros accesos fechados en la primera mitad del
siglo XIII, como en el castillo de Planes (Menéndez Fueyo, 1995).
Con
la conquista castellana en el año 1.249, comienza un periodo de
reformas una vez queda incorporada la ciudad al dominio aragonés a
inicios del siglo XIV. Excepto las obras en el Torreón de Sant Jordi
y en la Torre de Santa Caterina del Albacar d´Enmig de las que
hablaremos después, poco o nada sabemos de dichas reformas, excepto
la construcción de una capilla en 1.298 de la que sólo existen
referencias documentales (Rosser, 2012). Sin embargo, estas reformas
no solucionan los graves problemas de mantenimiento de la obra
medieval como ponen de manifiesto algunos alcaides como Berenguer de
Puigmoltó en 1.327, cuando se queja al rey de que había algunas
torres derruidas y la mayor parte descubiertas y en peligro de caer,
como también le ocurre al albacar, que estaba derruido parcialmente,
ofreciendo una imagen del castillo lastimosa y con el permanente
cartel de pendiente de reparación (Rosese, 2012).
El
conflicto bélico con Castilla a mitad del siglo XIV, con las
sucesivas tomas y recuperaciones de la fortificación alicantina,
considerada clave en el desarrollo del conflicto, permitió la
programación de una serie de reformas establecidas en el memorial de
Antich de Codinats de 1.357, que suponían una inversión en mejoras,
personal, guardias del castillo y logística, con un acantonamiento
de tropas superior a 600 hombres. Sin embargo el plan nunca se
ejecutó, lo que permitió una nueva tentativa de conquista por parte
castellana en 1.363 y una nueva recuperación aragonesa en 1.364, que
obligó a Pedro IV a replantear las necesidades de la plaza
alicantina y encargar a Domingo Borrás la reforma de la fortaleza
(Del Estal, 1981), quedando huellas de estas obras en la parte
inferior del muro de cierre del segundo recinto. De todas formas,
este impulso reformador fue puntual y no encontraremos nuevas
reformas hasta el periodo entre los años 1.442 y 1.467 donde se
documentan, entre otras, obras en los sistemas de acceso con la
reparación de los quicios del Torreón de Sant Jordi, una reparación
en un muro del castillo, obras en la Torre del Relotge, así como la
construcción de un templo dedicado a Santa Bárbara, de la que toma
nombre la fortaleza,en el año 1.469 (Beviá García, 1995, Rosser
Liminyana, 2012).
No
será hasta la primera mitad del siglo XVI cuando el castillo tenga
un gran impulso reformador, La primera voz que se alza clamando por
realizar reformas será la de Fernando de Aragón, Duque de Calabria
que fue Virrey de Valencia entre los años 1.526-1.550, quien visita
la fortaleza en 1.543 calificándola de “cosa fuerte y de mucha
calidad” aunque “...esta tan sola y a mal recaudo...”, por lo
que consigue que el rey Felipe II destine 1.000 libras para
reparaciones urgentes como la construcción de un aljibe en el
albacar viejo, alzar el suelo para las plataformas de la artillería,
un puente levadizo y el forrado de hierro de las puertas, ejecución
hecha por el Capitán Aldana y el ingeniero Joan Cervellló (Beviá
García, 1988). Este primer impulso reformador se vio acompañado en
1.563 con la llegada del ingeniero italiano Giovanni Batista
Antonelli il Vecchio, quien proyecta reformar el Macho y el Albacar
d´Enmig, limpiar cisternas y reparar el empedrado del patio y de la
capilla, para lo que precisaba de 4.000 ducados.
En
el año 1.578 el Consell de la ciudad decide ejecutar otro plan de
renovación propuesto por Giorgio Palearo il Fratino, comenzándose
la construcción de los nuevos baluartes en el año 1.580, quedando
la huella física de estas obras en la realidad constructiva que hoy
manifiesta el castillo alicantino, estando realizados con sillares
perfectamente labrados, asentadas las cortinas sobre la roca
recortada para conseguir un asiento plano. Los muros están
terraplenados, localizando cuatro traveses que, a la vez de defender
el muro de los tiros transversales, sirven de arriostramiento de
éste. La tenaza y los dos baluartes obedecen a la misma técnica que
el muro nuevo del albacar, teniendo las esquinas resueltas con
sillares labrados de forma semicircular con un 20% de inclinación
(Camarero Casas, 1988).
Durante
el siglo XVII, no parece que el castillo experimente reformas de
importancia. El ataque de una escuadra inglesa en el año 1.656,
donde se bombardearon muros y baluartes de la ciudad, sirvió para
demostrar la imagen de impenetrabilidad que el castillo venía
ofreciendo. Sin embargo, por encima de esta imagen, el castillo
ofrecía una real ruina técnica que no fue resuelta con las reformas
puntuales planteadas en el año 1.675 (Requena Amoraga, 1997). El
demoledor ataque francés a la ciudad en el año 1.691 no afectó
especialmente al castillo, aunque la ciudad fue prácticamente
arrasada. En aquellos tiempos, se podía conseguir tomar la ciudad,
pero se chocaba contra los muros del Benacantil, donde los defensores
podían resistir largo tiempo en el interior del castillo. Eso es lo
que ocurre a inicios del siglo XVIII, en 1.706, en plena Guerra de
Sucesión, cuando las tropas austracistas asedian por tierra y mar
durante 8 dias la ciudad de Alicante, mientras el acuartelamiento del
castillo, al mando de Mahony, resistió varias semanas después de
haber caído la plaza (Bernabé Gil, 1992).
La
decisiva victoria borbónica en la Batalla de Almansa al año
siguiente, permitió que en 1.708 se desplazara a Alicante un
numeroso contingente de tropascon el objetivo de recuperar la ciudad
al mando del Barón d´Asfeld y el Mariscal Ronquillo. Como había
sucedido en la toma austracista, la ciudad acabó por rendirse, pero
el castillo, en esta ocasión, al mando de Richardi se resistió a
entregar la fortaleza. Entonces Asfeld decidió minarla, excavando un
túnel en la base rocosa del Benacantil donde introdujo una gran
cantidad de explosivos, instando al comandante inglés que rindiera
el castillo. Ante su negativa, Asfeld voló la mina provocando que
una buena parte de los lienzos del frente este del castillo cayeran
sobre los arrabales de la ciudad. Aún hoy día se puede apreciar en
la plataforma superior del castillo el corte producido por la caída
de las defensas ocasionadas por la voladura de la mina (Bernabé Gil,
1992).
El
castillo no tendrá más modificaciones hasta los inicios del siglo
XIX, con la llamada “maldita guerra de España” o Guerra de la
Independencia contra la invasión napoleónica, cuando el gobernador
y la Junta de Gobierno Local encargan al ingeniero Pablo Ordovás un
memorial descriptivo del castillo con el objetivo de plantear varias
obras defensivas encaminadas a mejorar las comunicaciones de la
ciudad con el castillo, así como la realización de otras obras
defensivas como el Fuerte del Monte Tossal (Muñoz Lorente, 2014). En
la actualidad, después de varios proyectos de restauración y
consolidación, que han efectuado, tanto al cerro del Benacantil,como
de las diferentes partes de la fortaleza, el castillo se ha
convertido en uno de los principales referentes turísticos por su
increíble panorámica desde sus murallas y baluartes y, sobre todo,
al convertirse en la sede del Museo de la Ciudad de Alicante (MUSA).
Fuentes: Wikipedia
castillosdealicante.blogspot.com






No hay comentarios:
Publicar un comentario