martes, 5 de noviembre de 2019

Castillo de Santa Bárbara (Alicante, Alicante)


El Castillo de Santa Bárbara, se encuentra situada en el casco antiguo, dividiendo prácticamente en dos a la ciudad de Alicante, capital provincial de la Comunidad Valenciana.

La llamada “Clau del Regne” (Llave del Reino) por los feudales (Hinojosa Montalvo, 1990), se yergue sobre la mole del monte Benacantil, dominando la ciudad de Alicante, a modo de corona artillada (Azuar Ruiz, 1998), una de las fortalezas principales del Reino de Valencia y enclave principal para la defensa del territorio durante la época medieval y moderna. Inconquistable, orgullosa sobre el perfil griego esculpido caprichosamente por el viento y el agua, denominada popularmente como “Cara del Moro”, se encuentran los restos de la fortificación alicantina también llamada Castillo de Santa Bárbara, que tiene origen islámico (Azuar Ruiz, 1995). Desde este recinto, descendía la muralla hasta conectar con el recinto amurallado de la medina al-Qant, que en época islámica se limitaba a lo que conocemos como Vila Vella, definida por el reciente hallazgo de los restos de la Puerta Ferrisa (Rosser, Borrego, Fuentes, 2012).

Su origen debemos buscarlo en el año 917, con el asentamiento de los Banu al-Sayh, descendientes de Muhammadb ben Abd al-Rahman al-Sayj al-Aslami, que se alzó contra el Califato de Córdoba en las zonas de Valencia y Tudmir, al negarse a participar en la expedición a Pamplona del año 924, dirigida entonces por el emir Abd al-Rahman II. La sumisión de los Banu al-Sayh se zanjó temporalmente con la obligación de establecerse y fortificar el castillo de Alicante, si bien volvieron a rebelarse siendo definitivamente sometidos en el año 928 (Azuar Ruiz, 1992; Guichard, 2007). Así lo confirman los hallazgos realizados en el Macho o Torre del Homenaje del castillo en el año 1.987, en los que se encontraron cerámicas que podemos datar entre la segunda mitad del siglo X y la primera mitad del siglo XI (Rosser, 1992).

La primera configuración nítida que tenemos de la alcazaba procede de época almorávide, cuando se define un espacio formado por un posible “al-kasar”, situado en el macho actual, y un gran recinto amurallado muy espacioso, conocido como el Albacar Vell (Rosser, 2012). A este espacio se accedía desde la ciudad por el norte, a través de la Puerta del Cencerro que permitía dirigirse desde el antemural hasta una puerta con corredor en la Torre de la Batalla, ubicada en el extremo noreste del albacar, acceso que se utilizaba para entrar y salir de este gran espacio vacío dotado únicamente con un aljibe ubicado en su extremo sureste (Rosser, 2012). Con la llegada del poder almohade, parece que el espacio del albacar se divide en dos, con un nuevo muro de tapial, generando lo que conocemos como Albacar d´Enmig, al que se accede por una doble puerta con corredor entre la Torre de Través y la Torre de Sant Jordi, al estilo de otros accesos fechados en la primera mitad del siglo XIII, como en el castillo de Planes (Menéndez Fueyo, 1995).

Con la conquista castellana en el año 1.249, comienza un periodo de reformas una vez queda incorporada la ciudad al dominio aragonés a inicios del siglo XIV. Excepto las obras en el Torreón de Sant Jordi y en la Torre de Santa Caterina del Albacar d´Enmig de las que hablaremos después, poco o nada sabemos de dichas reformas, excepto la construcción de una capilla en 1.298 de la que sólo existen referencias documentales (Rosser, 2012). Sin embargo, estas reformas no solucionan los graves problemas de mantenimiento de la obra medieval como ponen de manifiesto algunos alcaides como Berenguer de Puigmoltó en 1.327, cuando se queja al rey de que había algunas torres derruidas y la mayor parte descubiertas y en peligro de caer, como también le ocurre al albacar, que estaba derruido parcialmente, ofreciendo una imagen del castillo lastimosa y con el permanente cartel de pendiente de reparación (Rosese, 2012).

El conflicto bélico con Castilla a mitad del siglo XIV, con las sucesivas tomas y recuperaciones de la fortificación alicantina, considerada clave en el desarrollo del conflicto, permitió la programación de una serie de reformas establecidas en el memorial de Antich de Codinats de 1.357, que suponían una inversión en mejoras, personal, guardias del castillo y logística, con un acantonamiento de tropas superior a 600 hombres. Sin embargo el plan nunca se ejecutó, lo que permitió una nueva tentativa de conquista por parte castellana en 1.363 y una nueva recuperación aragonesa en 1.364, que obligó a Pedro IV a replantear las necesidades de la plaza alicantina y encargar a Domingo Borrás la reforma de la fortaleza (Del Estal, 1981), quedando huellas de estas obras en la parte inferior del muro de cierre del segundo recinto. De todas formas, este impulso reformador fue puntual y no encontraremos nuevas reformas hasta el periodo entre los años 1.442 y 1.467 donde se documentan, entre otras, obras en los sistemas de acceso con la reparación de los quicios del Torreón de Sant Jordi, una reparación en un muro del castillo, obras en la Torre del Relotge, así como la construcción de un templo dedicado a Santa Bárbara, de la que toma nombre la fortaleza,en el año 1.469 (Beviá García, 1995, Rosser Liminyana, 2012).

No será hasta la primera mitad del siglo XVI cuando el castillo tenga un gran impulso reformador, La primera voz que se alza clamando por realizar reformas será la de Fernando de Aragón, Duque de Calabria que fue Virrey de Valencia entre los años 1.526-1.550, quien visita la fortaleza en 1.543 calificándola de “cosa fuerte y de mucha calidad” aunque “...esta tan sola y a mal recaudo...”, por lo que consigue que el rey Felipe II destine 1.000 libras para reparaciones urgentes como la construcción de un aljibe en el albacar viejo, alzar el suelo para las plataformas de la artillería, un puente levadizo y el forrado de hierro de las puertas, ejecución hecha por el Capitán Aldana y el ingeniero Joan Cervellló (Beviá García, 1988). Este primer impulso reformador se vio acompañado en 1.563 con la llegada del ingeniero italiano Giovanni Batista Antonelli il Vecchio, quien proyecta reformar el Macho y el Albacar d´Enmig, limpiar cisternas y reparar el empedrado del patio y de la capilla, para lo que precisaba de 4.000 ducados.

En el año 1.578 el Consell de la ciudad decide ejecutar otro plan de renovación propuesto por Giorgio Palearo il Fratino, comenzándose la construcción de los nuevos baluartes en el año 1.580, quedando la huella física de estas obras en la realidad constructiva que hoy manifiesta el castillo alicantino, estando realizados con sillares perfectamente labrados, asentadas las cortinas sobre la roca recortada para conseguir un asiento plano. Los muros están terraplenados, localizando cuatro traveses que, a la vez de defender el muro de los tiros transversales, sirven de arriostramiento de éste. La tenaza y los dos baluartes obedecen a la misma técnica que el muro nuevo del albacar, teniendo las esquinas resueltas con sillares labrados de forma semicircular con un 20% de inclinación (Camarero Casas, 1988).

Durante el siglo XVII, no parece que el castillo experimente reformas de importancia. El ataque de una escuadra inglesa en el año 1.656, donde se bombardearon muros y baluartes de la ciudad, sirvió para demostrar la imagen de impenetrabilidad que el castillo venía ofreciendo. Sin embargo, por encima de esta imagen, el castillo ofrecía una real ruina técnica que no fue resuelta con las reformas puntuales planteadas en el año 1.675 (Requena Amoraga, 1997). El demoledor ataque francés a la ciudad en el año 1.691 no afectó especialmente al castillo, aunque la ciudad fue prácticamente arrasada. En aquellos tiempos, se podía conseguir tomar la ciudad, pero se chocaba contra los muros del Benacantil, donde los defensores podían resistir largo tiempo en el interior del castillo. Eso es lo que ocurre a inicios del siglo XVIII, en 1.706, en plena Guerra de Sucesión, cuando las tropas austracistas asedian por tierra y mar durante 8 dias la ciudad de Alicante, mientras el acuartelamiento del castillo, al mando de Mahony, resistió varias semanas después de haber caído la plaza (Bernabé Gil, 1992).

La decisiva victoria borbónica en la Batalla de Almansa al año siguiente, permitió que en 1.708 se desplazara a Alicante un numeroso contingente de tropascon el objetivo de recuperar la ciudad al mando del Barón d´Asfeld y el Mariscal Ronquillo. Como había sucedido en la toma austracista, la ciudad acabó por rendirse, pero el castillo, en esta ocasión, al mando de Richardi se resistió a entregar la fortaleza. Entonces Asfeld decidió minarla, excavando un túnel en la base rocosa del Benacantil donde introdujo una gran cantidad de explosivos, instando al comandante inglés que rindiera el castillo. Ante su negativa, Asfeld voló la mina provocando que una buena parte de los lienzos del frente este del castillo cayeran sobre los arrabales de la ciudad. Aún hoy día se puede apreciar en la plataforma superior del castillo el corte producido por la caída de las defensas ocasionadas por la voladura de la mina (Bernabé Gil, 1992).

El castillo no tendrá más modificaciones hasta los inicios del siglo XIX, con la llamada “maldita guerra de España” o Guerra de la Independencia contra la invasión napoleónica, cuando el gobernador y la Junta de Gobierno Local encargan al ingeniero Pablo Ordovás un memorial descriptivo del castillo con el objetivo de plantear varias obras defensivas encaminadas a mejorar las comunicaciones de la ciudad con el castillo, así como la realización de otras obras defensivas como el Fuerte del Monte Tossal (Muñoz Lorente, 2014). En la actualidad, después de varios proyectos de restauración y consolidación, que han efectuado, tanto al cerro del Benacantil,como de las diferentes partes de la fortaleza, el castillo se ha convertido en uno de los principales referentes turísticos por su increíble panorámica desde sus murallas y baluartes y, sobre todo, al convertirse en la sede del Museo de la Ciudad de Alicante (MUSA).

Fuentes: Wikipedia
                castillosdealicante.blogspot.com
                Guardianes de Piedra (MARQ)

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